Multiplicar una valiosa causa


La lectura de libros desde temprana edad supone, entre otras cosas, que los niños accedan al lenguaje, a las formas literarias y artísticas, al imaginario colectivo y a las posibilidades de socializar, de compartir y de generar un sentido propio.

La lectura en la niñez es una puerta que abre el universo de la imaginación, pero también el real, porque gracias a lo que leen los niños pueden conocer visiones, ideas y culturas que no son las propias. Así, amplían sus horizontes desde pequeños y tienen a mano la posibilidad de conocer lo diferente y, a su vez, aceptarlo naturalmente, como parte de la diversidad del mundo.

Pero la lectura es fundamental también en otras etapas de la vida: para los adultos mayores puede significar mucho.

Leer nos permite poner en marcha áreas especiales del cerebro. Algunos científicos afirman que no hay mejor gimnasia para el cerebro que la lectura. Tanto es así, que han demostrado que el cerebro de una persona lectora funciona distinto al de una persona que no lee. Es decir, que la lectura tiene efectos muy positivos en la salud mental de las personas y podría llegar a ser vital para mantener la lucidez y la actividad cerebral.

Hay incluso quienes se desempeñan en un área llamada neurociencia literaria, en la que se han realizado estudios que confirman que, cuando se lee, el cerebro moviliza zonas inesperadas, vinculadas al movimiento, como si los lectores se encontraran efectivamente dentro de la historia que están leyendo y se dejaran llevar por los sucesos de los personajes.

Por otra parte, un libro puede tocarnos tan profundamente el alma, que, como señala María Teresa Andruetto, es capaz de quedarse con nosotros, como se quedan las personas que amamos, y, agrego yo: puede transformarnos, llegados a ese punto.

En definitiva, la lectura tiene consecuencias positivas sobre el desarrollo físico de las personas, pero también sobre el desarrollo emocional.

Para quienes conocemos de cerca esos beneficios de la lectura es casi inevitable estar a su servicio en cuanto a la búsqueda de nuevos lectores, al deseo de contagiar de alguna forma eso que creemos que es tan importante y disfrutable.

Con esas acciones nos convertimos en mediadores fundamentales. Pero el rol mediador no es exclusivo de quienes trabajamos con los libros. Es por lo menos limitante, cuando no errado, pensarlo de ese modo. Muy por el contrario, se trata de un rol universal y cotidiano que cualquier persona puede llevar adelante.

Mediadores, finalmente, somos todos los que creemos que el libro es una ventana abierta por la que vale la pena entrar y salir; quienes estamos dispuestos a dejarnos seducir por las historias de otros, que tantas veces nos llevan a las propias; pero, sobre todo, quienes desde los más diversos y habituales lugares estamos dispuestos a multiplicar lo que portamos como valiosa causa.

España © Susana Aliano Casales