Aranmanoth

Ana María Matute nació el 26 de julio de 1925 en Barcelona y falleció en la misma ciudad el 25 de junio de 2014, con 88 años.

Además de escritora, fue docente y académica en la RAE.

Recibió incontables reconocimientos, entre los que se destaca el Premio Cervantes, en 2010.

La guerra marcó su infancia, toda su vida y su literatura, en la que aparecen otros temas igual de trascendentes: la niñez, la muerte, la tristeza, el amor…

«Yo no había cumplido los once años cuando estalló la guerra civil española. Unos niños acostumbrados a no salir de casa si no era acompañados por sus padres o la niñera nos vimos haciendo interminables colas para conseguir pan o patatas. No es raro, pues, que yo me permitiera, años más tarde, definir esa generación a la que pertenezco como la de “los niños asombrados”.»

Leerla es una danza sobre las letras, sobre las palabras, sobre las ideas, a diferentes ritmos que te van llevando a los más diversos estados emocionales.

Leerla es conectarte con lo que eres, con tu esencia, pero también con algo más grande: el universo, la esencia humana.

Leerla es pasar de fantasía a realidad y viceversa, a veces sin detectar exactamente dónde estás, porque en el viaje de la lectura se confunden permanentemente esos territorios.

Esto es lo que me sucedió al leer Aranmanoth, la novela que los invito a recorrer hoy, ambientada en la Edad Media y con una prosa empecinada en revelar la complejidad y la fragilidad humanas.

Como otras obras de la autora, esta novela se ubica en la infancia y la adolescencia de un par de personajes centrales: Aranmanoth y Windumanoth.

Aranmanoth era el hijo de Orso, convertido en Señor de Lines luego de la muerte de su padre. Nació de un encuentro que tuvo Orso con el hada más pequeña del agua, que era el reino de esta criatura misteriosa y fascinante a la que Orso fue capaz de entregarse.

«Entonces, aquella criatura no se diferenció de cualquier mujer, y Orso, por primera vez, conoció lo que se entiende por ser amado y correspondido. Orso respiraba suavemente entre los helechos y la hierba; tan en paz consigo mismo como nunca antes se había sentido. Frente a él se encontraba la más hermosa de las mujeres. […] Orso se conmovió y a punto estuvo de echarse a llorar. Se contuvo: desde su primera infancia a Orso le estaba severamente prohibido llorar.»

Pero a partir del entierro de su padre y al transformarse en el Señor de Lines, Orso cambió por completo. Se alejó de la ternura para acercarse a la severidad con la que había sido educado y que había padecido de su propio padre.

Una noche, un viejo campesino sorprendió a Orso y le entregó a su hijo.

«Señor de Lines, este es tu hijo: Aranmanoth, Mes de las Espigas», le dijo.

El niño tenía 9 o 10 años y llegó para cambiar la realidad que conocía Orso, que inmediatamente lo incorporó a su vida y lo presentó a todos como su hijo.

«Respetadle, amadle y temedle, porque en él deposito todos mis deseos», dijo el Señor de Lines a la gente que reunió en su patio a la hora de la presentación.

Windumanoth, Mes de las Vendimias, también era una niña y estaba destinada a casarse con Orso. Ella provenía de una familia del Sur, que vio en ese casamiento una oportunidad para una de sus hijas, a quien consideraron muy afortunada. El Sur era una tierra de encanto y magia que la niña nunca pudo olvidar y que añoraba a diario.

Luego de una boda digna de señores, cada uno de los esposos se retiró a sus aposentos, porque era lo convenido, y el Señor de Lines, a la mañana siguiente, partió a la guerra con sus armas, quién sabe a qué tierras lejanas y por cuánto tiempo.

Los dos niños fueron creciendo con una cercanía especial. Sus orígenes, sus sueños, sus anhelos, sus vivencias y sus formas de concebir el mundo, muy próximas a la magia y a la naturaleza, los convirtieron en hermanos, en amigos, en cómplices, y los alejaron de la relación formal que se suponía que debían tener, por tratarse del hijo y de la esposa de Orso.

Pasó el tiempo y sus lazos se afianzaron, pero ninguno de los dos pudo evitar el rumor de su pasado latiendo en el corazón, como llamándolos. Aranmanoth no logró dejar de soñar con el agua, con el manantial donde había sido concebido y con ese ambiente tan propio que necesitaba como el aire. Y Windumanoth no lograba olvidar el Sur.

Ambos emprendieron la búsqueda añorada, impulsados por la necesidad arraigada de exploración de un mundo interior que les dio vida, que los acercó de una manera profunda y especial, y que solo ellos comprendían.

Aranmanoth

Ana María Matute

Espasa Narrativa

Madrid, 2000

#Lecturas

España © Susana Aliano Casales