España © Susana Aliano Casales

El grito que necesita la libertad


Había una vez un pequeño y hermoso trozo de tierra que fue disputado históricamente por muchos contendientes. Ese insignificante lugar se convirtió pronto en un punto estratégico muy codiciado.

Españoles, portugueses, ingleses, como buenos dueños del mundo que se creían entonces, estuvieron entre los aspirantes. Las batallas y las luchas de poder se sucedieron, hasta que se alzó el grito de independencia. Las personas que habitaban en aquel pequeño y hermoso trozo de tierra ya no quisieron seguir bajo el yugo de los intereses foráneos.

El acto de independizarse, basado en la rebeldía enmarcada en una cruzada libertadora, fue el comienzo de otra historia.

Ya no se trató de personas aisladas que luchaban por ideales. Se conformó un pueblo.

La base de la libertad, casi siempre, es la inconformidad, es la rebeldía, pero, al mismo tiempo, es el alzamiento de una voz, es la lucha real y palpable. Esto quedó confirmado en este y otros actos que surgieron luego de este pueblo, que sobrevivió batallas y dictaduras.

Pasó el tiempo y aquel pequeño y hermoso trozo de tierra, convertido en pueblo, avanzó según las modernidades de cada época.

Un día, terminada una penosa y larga dictadura, las cosas comenzaron a sobreponerse un poco. Los colores resurgieron y con ellos los lemas por distintas causas.

Algunas personas que gobernaban a aquel pueblo creyeron que un asunto importante para su superación era aprobar una ley forestal y así lo hicieron.

Este también fue el comienzo de otra historia.

Esas personas que aprobaron la ley creyeron que con el fomento de la forestación ese pueblo podría superarse y crecer. Claro, a pesar de que aquel trozo de tierra era tan pequeño, tenía muchos espacios sin explotar. Y extender la forestación le pareció, a esa gente, la mejor forma de hacerlo.

Esta ley tuvo su parte positiva. Prohibía la destrucción de bosques nativos y palmares naturales, por ejemplo. Pero también tuvo otros aspectos negativos que fueron los que permitieron que se desformaran tanto las cosas para aquel pueblo.

Años más tarde, otra vez, desde otros países se interesaron por aquel pequeño y hermoso trozo de tierra, donde se podía forestar con bastante libertad y extraer, así, grandes beneficios. Llegaron empresarios de países muy lejanos para explotar aquella situación, porque en los suyos no era posible plantar y explotar de esa forma la naturaleza.

El pueblo que vivía en aquel pequeño y hermoso trozo de tierra ya no era el mismo que había alzado su voz después de aquella cruzada libertadora que le implicó la independencia. No, ya no era el mismo.

Sus gobernantes, en un tiempo libertarios, se habían apagado como velas enfrentadas al pampero. Eran personas que vivían como si nadie viniera detrás, como si el mundo fuera solo de ellos, como si no tuvieran hijos a quienes heredarle aquel pequeño y hermoso trozo de tierra.

Ellos fueron quienes permitieron que los empresarios que llegaron desde países lejanos se instalaran entre sus habitantes y los recibieron como si fueran la profecía esperada. Hubo gente que alzó la voz, sí, pero nunca se logró el grito que necesita la libertad. Los empresarios, como antes había sucedido con los reyes, se convirtieron en los amos de aquel pequeño y hermoso trozo de tierra.

La naturaleza, la pobre naturaleza fue castigada, como en las dictaduras fueron castigadas las personas. La tierra ya no podía reconocerse, porque las cicatrices eran demasiadas. El agua de los ríos, que olía a podrido, y los animales que murieron o debieron desertar completaron el panorama de aquel pequeño y ya no tan hermoso trozo de tierra gobernado por burócratas y empresarios.

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