Animarse a transformar: la otra revolución



Cambiar es diferente a transformar.

Cuando era más joven, yo hablaba de cambios y creía en la revolución.

A medida que fui madurando, me fui dando cuenta de que la revolución ideal que imaginaba solo estaba en mi cabeza, que la verdadera lucha por mis ideales la debía plantear día tras día y que esta pasaba por asuntos más cotidianos y sencillos que izar una bandera, porque la revolución es, al final, la sumatoria de acciones, actitudes y valores buenos, positivos, empáticos, con los que nos relacionamos diariamente con los demás y con nosotros mismos, para construir un mundo más amigable y justo.

Fue entonces cuando comprendí la diferencia entre cambio y transformación.

Cambiar, puedo cambiar algo de lugar o simplemente cambiar una cosa por otra.

También me di cuenta de esto.

No quiere decir que la acción de cambiar no sea importante. Sí que lo es. Muchas veces es esencial reordenar aspectos de nuestro trabajo y de nuestra vida para mejorar o sentirnos más plenos en lo que hacemos.

Pero la transformación, sin embargo, es un proceso más profundo, que te pone a prueba en tus capacidades, estrategias y valores. No es solo mover algo de un lado a otro o reordenar.

Es necesario saber lo que deseas, tener conciencia de las herramientas que tienes contigo, hacer uso de lo que te ofrece el entorno y construir, así, lo que sueñas.

Es un camino lleno de incertidumbre y, sobre todo, en el que tienes que estar dispuesto a poner un gran esfuerzo, pero también es un camino que recompensa, que motiva, que te permite crecer y ser feliz.

Estaba hoy pensando en el momento en el que decidí dejar la seguridad de mi trabajo de oficina como funcionaria de la Universidad de la República en Uruguay y por eso escribo esto.

Era un trabajo que me encantaba y aprendí muchísimo allí, con personas que se convirtieron en referentes para mí. Entré a trabajar en la Universidad a los 20 años y viví allí lo que fue (ahora que tengo más años lo sé) la base de mis valores como trabajadora, como ciudadana, como persona.

Sin embargo, en un momento, aquel lugar dejó de llenarme el corazón. Me pesaba ir cada día a la oficina y cumplir un horario de trabajo encerrada entre cuatro paredes. Yo quería hacer libros, quería ser editora, quería corregir, quería escribir. Quería hacer otra revolución.

Habían pasado casi doce años desde mi joven inicio en el trabajo dependiente, con sus seguridades y beneficios, pero yo necesitaba otra cosa y fui por ella. Me formé, experimenté, me animé a hacer mis propios proyectos. Me caí, me levanté, grité, reí y lloré.

Tomé esa decisión, porque había entendido la diferencia entre cambiar y transformar.

Yo podía cambiar muchas cosas en aquella oficina y, de hecho, lo hacía y era placentero, pero nunca iba a lograr transformar mi vida para llegar adonde realmente deseaba, si no estaba dispuesta a renunciar y a lanzarme a la aventura de emprender, de ser mi empleada y mi jefa, de ser trabajadora independiente.

Agosto de 2020.

Han pasado quince años desde que di este paso.

Nadie dice que sea fácil, pero volvería a hacerlo una y mil veces.

Los años sirven para esto: una puede asegurar cosas que antes no sabía.

Y yo lo aseguro: lo haría de nuevo.

¡Anímense a lanzarse a vuestra propia revolución!

Recuerden que solo viviremos una vez.

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España © Susana Aliano Casales